La trampa de Autólicus (Nivel A2/ B1)
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La fiesta que desató una guerra: La historia de Eris y su manzana dorada
La fiesta que desató una guerra: La historia de Eris y su manzana dorada
Hace mucho, mucho tiempo, en un rincón del mundo donde los dioses caminaban entre mortales, se celebraba una boda celestial: Tetis, la ninfa del mar, y Peleo, un valiente mortal, unían sus destinos. Todos los dioses fueron invitados. Bueno... casi todos.
Eris, la diosa de la discordia, no recibió invitación. Quizás por prudencia. Después de todo, ¿quién querría que el caos asistiera a una ceremonia de amor? Pero Eris lo notó. Y su orgullo se encendió.
Sin decir palabra, entró sigilosamente en el banquete dorado. En sus manos, una manzana brillante. No era cualquier fruta: en su piel relucía una inscripción provocadora: “Para la más bella.”
Las risas cesaron. Hera, Atenea y Afrodita se miraron. Las tres diosas querían la manzana. Zeus, confundido ante la tensión divina, decidió no elegir: nombró como juez al príncipe Paris, joven troyano de mirada profunda.
Cada diosa intentó convencerlo con promesas tentadoras. Al final, Afrodita ofreció lo que ninguna otra podía igualar: el amor de Helena, la mujer más hermosa de la tierra. Así, Paris eligió a Afrodita y tomó a Helena como suya, provocando la furia de Grecia. Cientos de barcos zarparon hacia Troya, y los dioses se dividieron, apoyando a unos y castigando a otros. La sangre de héroes como Aquiles, Héctor y Patroclo teñiría la tierra. Todo por una elección. Todo por una manzana.
Eris, desde lejos, observaba el resultado de su obra. No sonreía. No se lamentaba. Porque ella no actuó por diversión, sino por principio. La armonía que la ignoraba, la belleza que excluía, el orden que la negaba... Todos habían creado el escenario perfecto para su entrada.
Y así, aunque nunca tuvo templos, fue recordada en cada conflicto humano. Porque Eris, la discordia, no muere. Solo espera a ser invocada por el orgullo, la ambición... o una fruta dorada lanzada en el momento justo.
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