La trampa de Autólicus (Nivel A2/ B1)
Lectura fácil en pretérito perfecto compuesto para principiantes
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La Lección del Perezoso, el Hombre Sabio y el Lobo: Fábula con Sabiduría Popular
La Lección del Perezoso, el Hombre Sabio y el Lobo: Fábula con Sabiduría Popular
Había una vez un hombre tan perezoso que, cada mañana, su esposa debía empujarlo para sacarlo de la cama. A pesar de sus esfuerzos, él nunca realizaba ninguna tarea útil. Día tras día, la mujer trabajaba sin descanso mientras su esposo se pasaba las horas acostado, sumido en su letargo. Cada noche, la misma discusión se repetía: —¡No puedo creer que te pases todo el día sin hacer nada! —le recriminaba su esposa.
El hombre, sin inmutarse, respondía: —No te preocupes, mujer. Algún día seremos ricos y no tendrás nada de qué quejarte.
—¿Y cómo planeas lograrlo si no haces nada para cambiar nuestra situación? —replicaba la mujer.
—No lo sé aún, pero he oído que al otro lado de la montaña vive un sabio que conoce la respuesta a todas las preguntas. Mañana mismo iré a consultarlo.
A la mañana siguiente, fiel a su palabra, el hombre dejó atrás su cama y partió hacia la montaña para encontrar al sabio. Tras caminar todo un día y una noche, se encontró con un lobo tan flaco que apenas podía sostenerse en pie.
—¿A dónde vas, buen hombre? —le preguntó el lobo.
—Voy a consultar a un sabio para que me diga cómo salir de la pobreza —respondió el hombre.
—Por favor, pregúntale qué puedo hacer para saciar mi hambre. No importa cuánto coma, siempre estoy hambriento.
El hombre prometió hacerlo y continuó su camino. Al día siguiente, tras otra jornada de caminata, encontró un manzano seco junto al camino. Sus ramas, desnudas, parecían llorar la falta de frutos.
—¿Hacia dónde te diriges, viajero? —preguntó el manzano.
—Voy a buscar al sabio para que me ayude a resolver mis problemas.
—Entonces, por favor, pídele consejo sobre cómo puedo recuperar mis frutos. Cada primavera pierdo mis hojas, y no logro dar frutos desde hace años.
El hombre asintió y siguió su camino. Después de otro día y una noche de marcha, llegó a un lago donde un pez enorme nadó hasta la orilla para hablarle.
—¿A dónde vas, amigo? —preguntó el pez.
—Voy a consultar a un sabio que tiene todas las respuestas —contestó el hombre.
—Por favor, pregúntale qué puedo hacer para curar este malestar en mi garganta que me impide disfrutar de mi comida.
El hombre aceptó la petición del pez y continuó su marcha. Finalmente, llegó a la cabaña del sabio, un anciano que contemplaba el atardecer desde una roca. El hombre se acercó y le contó sus problemas, además de transmitir las preocupaciones del lobo, el manzano y el pez.
El sabio escuchó con atención y luego respondió: —El pez tiene una piedra preciosa atorada en la garganta. Quien se la saque terminará con su malestar. El manzano tiene enterrado un cofre lleno de monedas de oro; esto envenena sus raíces y le impide florecer. En cuanto al lobo, debe saciar su hambre devorando al primer perezoso que se cruce en su camino.
—¿Y yo? —preguntó el hombre—. ¿Qué debo hacer para dejar de ser pobre?
El sabio lo miró y le dijo: —Solo regresa por el camino que te trajo hasta aquí. Hazlo y serás rico sin necesidad de esfuerzo.
Entusiasmado, el hombre emprendió el camino de regreso. Cuando pasó junto al lago, el pez le preguntó qué había dicho el sabio.
—Que necesitas que alguien saque la piedra de tu garganta, pero no seré yo. El agua está muy fría y no quiero mojarme.
Más adelante, al cruzar junto al manzano, este lo detuvo y le preguntó: —¿Qué consejo te dio el sabio?
—Que hay un cofre lleno de monedas de oro enterrado bajo tus raíces, pero no lo sacaré yo. Estoy cansado y el sabio me dijo que sería rico sin esfuerzo.
Finalmente, al encontrar al lobo, este le preguntó: —¿Qué dijo el sabio sobre mi hambre?
El hombre, distraído, respondió: —Dijo que debes devorar al primer perezoso que se cruce en tu camino.
El lobo, al escuchar esto, se abalanzó sobre él y lo devoró sin pensarlo dos veces.
Desde entonces, se dice que los perezosos nunca encuentran un buen final.
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