La trampa de Autólicus (Nivel A2/ B1)
Lectura fácil en pretérito perfecto compuesto para principiantes
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El Sapo Sebastián y la Lección de los Tiempos Difíciles (cuento)
El Sapo Sebastián y la Lección de los Tiempos Difíciles
Había una vez un sapo llamado Sebastián conocido en el pantano por su amor por la tranquilidad y su habilidad para encontrar siempre los rincones más cómodos donde pasar el día. Sebastián era un maestro en el arte del descanso: si no estaba tumbado sobre una hoja de nenúfar, se encontraba recostado bajo la sombra de un junco, contemplando las nubes o escuchando el murmullo del río.
—¿Qué tanto haces, Sebastián? —le preguntaban sus amigos, las ranas, mientras saltaban de un lado a otro recolectando insectos para alimentarse.
—¿Yo? Disfrutando de la vida. ¿Qué sentido tiene saltar sin parar cuando podemos relajarnos y admirar el mundo? —respondía él.
Sus amigos suspiraban y seguían con su tarea, mientras Sebastián se acomodaba aún más entre las hojas. Los días pasaban, y el sapo no parecía darse cuenta de los cambios a su alrededor. El pantano estaba menos colorido, las hojas comenzaban a secarse y los insectos escaseaban cada vez más.
Una mañana, mientras Sebastián bostezaba y pensaba en cuál sería su próximo lugar de siesta, un cuervo se posó cerca de él.
—Sebastián, ¿no te has preparado para la sequía que se avecina? —preguntó el cuervo.
—¿Sequía? ¿Qué sequía? —dijo el sapo, rascándose la cabeza.
—Todos los animales han estado trabajando: almacenando comida, buscando refugio y preparando sus hogares. El agua del pantano se reducirá y la comida será difícil de encontrar.
Sebastián se quedó boquiabierto. Nunca había pensado en la sequía, pues siempre daba por sentado que el pantano estaría allí para él. Preocupado, empezó a buscar ayuda. Visitó a sus vecinos sapos y ranas, tocando puerta tras puerta.
—¿Podrían darme algo de comida y un lugar donde quedarme hasta que pase la sequía? —preguntó, avergonzado.
Algunos animales le ofrecieron unos cuantos insectos; otros le dejaron pasar la noche en sus refugios. Pero cada vez que recibía ayuda, Sebastián sentía que no era suficiente para superar lo que venía. Fue entonces cuando un viejo sapo, de nombre Don Saturnino, lo invitó a pasar a su hogar y le dijo:
—Sebastián, no te preocupes. Puedes quedarte aquí, pero tendrás que colaborar en lo que necesitemos. Nadie puede vivir solo de favores.
Sebastián, que nunca había trabajado, comenzó ayudando con pequeñas tareas: reforzando las paredes del refugio de Saturnino, buscando agua en los charcos cercanos y cazando insectos para ambos. Al principio le costó adaptarse, pero con el tiempo, empezó a disfrutar del trabajo.
Cuando finalmente llegó la época de lluvias, Sebastián se sintió más fuerte y más feliz que nunca. Había aprendido a valorar el esfuerzo y decidió construir su propio refugio, esta vez preparando todo lo necesario para los tiempos difíciles. Con el pasar de los días, incluso ayudó a otros animales que, como él antes, se encontraron desprevenidos.
Desde entonces, Sebastián no solo siguió disfrutando de la tranquilidad del pantano, sino que también encontró alegría en estar preparado y ser útil para los demás.
Había una vez un sapo llamado Sebastián conocido en el pantano por su amor por la tranquilidad y su habilidad para encontrar siempre los rincones más cómodos donde pasar el día. Sebastián era un maestro en el arte del descanso: si no estaba tumbado sobre una hoja de nenúfar, se encontraba recostado bajo la sombra de un junco, contemplando las nubes o escuchando el murmullo del río.
—¿Qué tanto haces, Sebastián? —le preguntaban sus amigos, las ranas, mientras saltaban de un lado a otro recolectando insectos para alimentarse.
—¿Yo? Disfrutando de la vida. ¿Qué sentido tiene saltar sin parar cuando podemos relajarnos y admirar el mundo? —respondía él.
Sus amigos suspiraban y seguían con su tarea, mientras Sebastián se acomodaba aún más entre las hojas. Los días pasaban, y el sapo no parecía darse cuenta de los cambios a su alrededor. El pantano estaba menos colorido, las hojas comenzaban a secarse y los insectos escaseaban cada vez más.
Una mañana, mientras Sebastián bostezaba y pensaba en cuál sería su próximo lugar de siesta, un cuervo se posó cerca de él.
—Sebastián, ¿no te has preparado para la sequía que se avecina? —preguntó el cuervo.
—¿Sequía? ¿Qué sequía? —dijo el sapo, rascándose la cabeza.
—Todos los animales han estado trabajando: almacenando comida, buscando refugio y preparando sus hogares. El agua del pantano se reducirá y la comida será difícil de encontrar.
Sebastián se quedó boquiabierto. Nunca había pensado en la sequía, pues siempre daba por sentado que el pantano estaría allí para él. Preocupado, empezó a buscar ayuda. Visitó a sus vecinos sapos y ranas, tocando puerta tras puerta.
—¿Podrían darme algo de comida y un lugar donde quedarme hasta que pase la sequía? —preguntó, avergonzado.
Algunos animales le ofrecieron unos cuantos insectos; otros le dejaron pasar la noche en sus refugios. Pero cada vez que recibía ayuda, Sebastián sentía que no era suficiente para superar lo que venía. Fue entonces cuando un viejo sapo, de nombre Don Saturnino, lo invitó a pasar a su hogar y le dijo:
—Sebastián, no te preocupes. Puedes quedarte aquí, pero tendrás que colaborar en lo que necesitemos. Nadie puede vivir solo de favores.
Sebastián, que nunca había trabajado, comenzó ayudando con pequeñas tareas: reforzando las paredes del refugio de Saturnino, buscando agua en los charcos cercanos y cazando insectos para ambos. Al principio le costó adaptarse, pero con el tiempo, empezó a disfrutar del trabajo.
Cuando finalmente llegó la época de lluvias, Sebastián se sintió más fuerte y más feliz que nunca. Había aprendido a valorar el esfuerzo y decidió construir su propio refugio, esta vez preparando todo lo necesario para los tiempos difíciles. Con el pasar de los días, incluso ayudó a otros animales que, como él antes, se encontraron desprevenidos.
Desde entonces, Sebastián no solo siguió disfrutando de la tranquilidad del pantano, sino que también encontró alegría en estar preparado y ser útil para los demás.
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